Pasadizo del duque
Ex- Colegiata de San Pedro
Palacio Ducal
Convento de San Blas
Arco de la carcel
Monasterio de la Ascensión
San Francisco de los Reyes
Puente medieval
Plaza Mayor
Convento de Santa Teresa
Convento de Santo Domingo
Plaza de Santa Clara
Monasterio de la madre de Dios
Pasadizo del duque de Lerma
en torno a 1609, el duque de Lerma mandó construir una red de pasadizos elevados que comunicaban su palacio con los principales templos de la villa: la colegiata de san pedro, el convento de Santa Teresa y el de Santa Clara. se trataba de una solución práctica, pero también simbólica: el valido del rey no debía mezclarse con la plebe ni interrumpir su tránsito entre el altar y el trono.
Techo para el rey
el tramo hoy visitable —entre los monasterios de Santa Teresa y Santa Clara— se alza sobre el mirador de los arcos. esta pasarela de piedra, abovedada y discreta, fue diseñada según el modelo italiano renacentista y refleja la mentalidad de corte cerrada que impusieron los austrias. por aquí pasaron Felipe III y su séquito, protegidos del polvo, de los curiosos y de las enfermedades.
La ciudad como corte
Lerma fue uno de los primeros ejemplos de ciudad diseñada para servir a un solo hombre. El sistema de pasadizos, capillas privadas, miradores y estancias palaciegas se inspiraba en el modelo del escorial y anticipaba la arquitectura del absolutismo. el espacio urbano se subordinaba a la voluntad del valido, y su control visual y físico de la villa era casi total.
Fray Alberto y la penumbra
El diseño de esta galería está vinculado a Fray Alberto de la madre de dios, arquitecto del duque y discípulo del estilo herreriano. sus líneas austeras, la piedra desnuda y la escasa iluminación natural refuerzan el carácter ceremonioso y casi funerario del recorrido. más que un simple pasadizo, es una metáfora de la teología política de la época.
El miedo invisible
Siglo XVII desde dentro
Hoy el visitante atraviesa esta arteria de piedra como quien cruza una costura entre dos mundos: el espiritual y el político. Lo que fue un privilegio exclusivo del poder, es ahora un espacio de memoria: sobrio, silencioso, suspendido sobre los tejados, testigo de un tiempo donde la arquitectura dictaba el protocolo del alma.