Plaza de Santa Clara
Pasadizo del duque
Ex- Colegiata de San Pedro
Palacio Ducal
Convento de San Blas
Arco de la carcel
Monasterio de la Ascensión
San Francisco de los Reyes
Puente medieval
Plaza Mayor
Convento de Santa Teresa
Convento de Santo Domingo
Monasterio de la madre de Dios
Plaza de Santa Clara: Testigos bajo los arcos
Refugio de memorias, de pasadizos suspendidos y horizontes que se abren. Esta plaza, encajada entre dos conventos, fue umbral de poder, atalaya de batallas y teatro de reencuentros. Los Arcos de piedra que sobrevuelan su costado no solo unían al Duque con sus ceremonias, sino que separaban dos mundos: el de los palacios y el del polvo de las calles. Hoy, los visitantes cruzan sus jardines con la misma extrañeza con la que un forastero entra en un sueño ajeno: sabiendo que algo ha pasado aquí, aunque no sepan exactamente qué.
Trayecto del poder
Bajo las recias arcadas que aún sostienen el Mirador, el Duque de Lerma cruzaba a diario desde su Palacio hasta la Colegiata sin mezclarse con la plebe. El pasadizo, proyectado por Juan Gómez de Mora, atravesaba el convento de Santa Clara como una línea de privilegio suspendida sobre el mundo. A sus pies, los jardines y la plaza ofrecían una visión ordenada del poder y del paisaje.
Entre versos y exilios
Durante las agitadas décadas del siglo XIX, la plaza acogió a desterrados, soldados y poetas. José Zorrilla, aún joven, vivió aquí junto a su familia los años del absolutismo y la represión. En Lerma encontró el amor, la amistad y la inspiración para dedicar su “Don Juan Tenorio” a quien fuera corregidor local, Don Paco Vallejo. Mientras tanto, el pueblo seguía celebrando bajo las sombras de los conventos y los álamos.
Guerrilla en sotana
En el corazón de los jardines reposa el sepulcro de Jerónimo Merino Cob, cura de Villoviado que cambió púlpito por trabuco. Luchó contra el ejército napoleónico con 2.000 hombres y ganó más de cincuenta batallas. Napoleón prefería su cabeza a cinco ciudades españolas. Fue mariscal de campo, guerrillero carlista y figura incómoda hasta su muerte en el exilio. Desde 1968, sus restos descansan en la plaza como un eco de la resistencia popular.
Columnas con horizonte
El Mirador de los Arcos no fue solo soporte del pasadizo ducal. Desde él se abre una vista privilegiada sobre la vega del Arlanza, escenario de cosechas, pasos de ganado, huidas y retornos. Restaurado en el siglo XVIII por el Duque del Infantado, hoy permite contemplar el mismo paisaje que vieron los clérigos, soldados y poetas: una geografía tranquila donde aún resuenan los pasos de la historia.
Entre conventos
La plaza está flanqueada por dos grandes instituciones religiosas: el Monasterio de la Ascensión y el de Santa Teresa. En sus muros y claustros se vivieron siglos de recogimiento, intrigas monacales y visitas reales. Los pasos del Duque, el silencio de las monjas y las letanías de los maitines convivieron en torno a esta explanada de piedra y cipreses.
Voz y voto
Tras la retirada de los franceses, Jerónimo Merino —cuyo cuerpo reposa aquí— no solo siguió luchando por la monarquía: también se convirtió en uno de los símbolos más rotundos del rechazo rural a la Constitución de Cádiz de 1812. Mientras en las Cortes se proclamaban libertades, en plazas como esta aún resonaban sermones desde púlpitos portátiles, advirtiendo contra el “veneno liberal”. A diferencia de las ciudades donde la Pepa prendía, en Lerma y su entorno rural, con clérigos-guerrilleros como Merino, la plaza fue también campo de resistencia ideológica. Hoy, cuando paseamos junto al monumento del Cura, no siempre reparamos en que bajo su cruz se libró otra guerra: la de las ideas.
El Cura Merino
Tras morir en el exilio de Alençon (Francia) en 1844, su cuerpo permaneció allí más de un siglo. No fue hasta 1968, bajo el régimen franquista, cuando sus restos fueron trasladados solemnemente a Lerma. El féretro llegó acompañado de honores militares y religiosos, y se enterró en la Plaza de Santa Clara, frente al convento.
¿Lo sabías?
En la Lerma del siglo XVII los conventos no eran solo lugares de oración: eran también el gran escaparate social del Duque. Bajo las bóvedas de Santa Clara o Santa Teresa se recogían jóvenes hijas de familias nobles, entregadas con ricas dotes. El valido mandó levantar pasadizos elevados para vigilar y entrar en clausuras sin mezclarse con el pueblo. Aquello dio pie a rumores: ¿eran los conventos templos de espiritualidad o salones privados del poder? Crónicas satíricas de la época insinuaban que Lerma fue tanto corte celestial como escenario de intrigas muy terrenales.
Silicon Valley
En Lerma, Santa Clara y Santa Teresa se levantan casi pared con pared. No fue casualidad: el Duque quiso reunir distintas órdenes femeninas en un mismo punto, como un corredor de oración. En pleno Siglo de Oro, este rincón era un verdadero “valle de la fe”, donde cada convento aportaba su estilo de espiritualidad.